Cartomancia: El Tarot de Mantegna
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En el siglo XIV se vendía en
Italia una colección de láminas compuesta por 50 cartas. Por su variedad y composición era un instrumento apto para la instrucción y el divertimento de los niños.
Se trataba de una suerte de
nomenclatura de conceptos y conocimientos, una especie de juego para
memorizar visualmente.
Estas
cartas recibían el nombre de
naibis (que derivaron en naipes). Su composición era
mitológica o
alegórica, y en ellas estaban representadas las
Musas, las Virtudes y los Planetas.
Una crónica florentina de
Giovanni Moreli datada de 1393 dice lo siguiente:
"No juegues a juegos de azar, ni a ningún juego de dados. Juega con los juegos que usan los niños: el carnicol, la peonza, los hierros y los naibis."
Una reproducción, al parecer bastante fiel, de estos naibis se encuentra en la
Biblioteca Nacional de París y recibe el nombre de
Tarot de Mantegna.
El más famoso de los competidores del
Tarot es, sin duda, el atribuido a
Mantegna (según Le Scouézec, sin fundamento), llamado también
Cartas de Baldini.
Son cincuenta
arcanos, divididos en cinco series de diez naipes cada una, y su tendencia enciclopédica lo relaciona

más con el
carácter pedagógico del naipe chino (Mil veces diez mil), que con la evolución de la baraja occidental.
Así, la primera de las decenas marca la jerarquía de las clases sociales (mendigo, sirviente, artesano, comerciante, gentilhombre, caballero, duque, rey, emperador y Papa).
La segunda representa a las nueve musas, complementadas por
Apolo; la tercera alude a las
ciencias, y la cuarta a las
virtudes.
La quinta serie, finalmente, incluye los siete planetas, la octava Esfera, el Primer Móvil, y la Primera Causa.
Wirth -que conoció dos ejemplares de las
Baldini, de 1470 y 1485- asevera que su autor, neófito en materias
esotéricas, intentó ampliar y mejorar por su cuenta un modelo de
Tarot que le parecía insuficiente e incomprensible, rellenando estas supuestas carencias con concesiones a la filosofía de la época.
Parece probable, ya que se conoce al menos la existencia del modelo diseñado por
Gringonneur, con toda seguridad anterior a las
Baldini.
Seguramente contribuyó a esta superchería el clima de la época, el gusto por los disfraces caprichosos que caracterizó al
ocultismo de salón.
El hecho es que tras las huellas del autor de
Monde Primitif puede citarse a una constelación de ágiles embaucadores, a cuyo frente merece figurar
Etteilla, reconstructor de un
Tarot galante y arbitrario, que tuvo sin embargo la fortuna de convertirse en naipe favorito de los adivinos, y fue usado por los más célebres de ellos incluida la deslumbrante
mademoiselle Lenormand.
Etteilla -que en realidad se llamaba
Alliette, y fue peluquero de la aristocracia francesa hasta el encuentro de su definitiva vocación- se convirtió rápidamente en el pope de la
cartomancia, y desorbitó las presunciones de Gébelin en numerosos escritos, en los que proclamó al
Tarot como al libro más antiguo del mundo, obra personal de
Hermes-Thot en la remota infancia de la humanidad.
Un paso más allá se arriesgó
Christian (Histoire de la Magie, 1854), imaginando las ceremonias de iniciación en el
templo de Memphis, que habrían estado presididas por los veintidós
arcanos, cada uno de los cuáles equivalía a una llave de la revelación.
Cuando la ruina faraónica, este compendio de conocimientos supremos habría pasado a los pitagóricos y los gnósticos, quienes a su vez lo dejaron en herencia a los alquimistas.
Esta síntesis imaginativa de la
prehistoria del Tarot, alcanzaría tiempo después su consagración por medio de Eduard Shuré, quien la repite puntualmente en Los grandes iniciados, acaso el primer best-seller que produjera el ocultismo.
Pero es a través de la obra de un sacerdote -increíble codificador de cuánto se conocía hasta entonces sobre ciencias ocultas- que el
Tarot llegará al punto más alto de su prestigio mítico. El
abate Constant, popularizado para el mundo bajo el seudónimo de
Éliphas Lévi, hace de él la columna vertebral y el conductor secreto de su libro capital (
Dogme et Rituel de la Haute Magie, 1856). Lévi asegura que el
Tarot no es otro que él «libro atribuido a Enoch, séptimo maestro del mundo después de Adán, por los hebreos; a Hermes Trimegisto, por los egipcios; a Cadmus, el misterioso fundador de la
Ciudad Santa, por los griegos», y desarrolla la teoría según la cual los arcanos consiguieron su envidiable supervivencia.
El sabio cabalista
Gaffarel, uno de los
magos de la corte del
cardenal Richelieu, habría probado que «los antiguos pontífices de Israel leían las respuestas de la
Providencia en los
oráculos del Tarot, al que llamaban
Théraph o théraphims».

Cuando la destrucción del
Templo, en el año 70, él recuerdo de los théraphims originales acompañó al pueblo elegido en su destierro, y su simbolismo -ya que no sus formas- se transmitió por tradición oral durante siglos.
Los cabalistas españoles habrían reconstruido las tabletas, en un momento que podría ubicarse alrededor del siglo XIII.
Es evidente que el simbolismo de los arcanos se relaciona con grafismos primitivos y recurrentes, pero nada autoriza en la actualidad a pronunciarse por la continuidad histórica ideal que propone
Lévi.
Más coherente es atribuir la paternidad del
Tarot al genio colectivo de los imagineros medievales, como sugiere
Wirth, quienes dotaron de la bella forma que conocemos a un conjunto simbólico disperso, al que los siglos, el conocimiento iniciático de las corporaciones, la casualidad y el trabajo de reconstrucción de los eruditos de los últimos doscientos años, acabó por convertir en el rutilante
mazo de 78 naipes que se conoce bajo el nombre de
Tarot de Marsella.